Cualquier día pueden venir a por ti

De cómo cualquier forma de comunismo llega a robarte toda la libertad

  • Los sistemas totalitarios tienen dos formas de imponerse
  • En ambos, al final cualquier día puede sonar tu timbre porque vengan a buscarte

Dicotomía libertad-igualdad

En la eterna dicotomía libertad-igualdad, la historia ha demostrado que la igualdad ni existe, ni existirá ni se le espera ni la quiero; y que la libertad es mucho más factible. Los españoles seremos libres cuando todos los españoles lo seamos; eso quiere decir que si mi vecino no es libre la libertad no existe tampoco para mí.

La pérdida paulatina de libertades es un hecho que quienes hemos vivido el principio de la Transición y habíamos vivido la infancia en la etapa anterior percibimos con verdadera angustia.

Es evidente que vamos acelerando en sentido contrario. Y dicha preocupación no surge dirigida hacia nosotros, sino a las futuras generaciones. Al fin y al cabo, la casta política hace tanto tiempo que nos lleva decepcionando que nuestra esperanza en el presente está bajo mínimos.

Pero no creer en este presente en manos de la nefasta sub filosofía progresista no significa no hacerlo con esperanza en el futuro: ante la canallada doctrinaria de marxismo reconvertido en comunismo bolivariano o nacionalismos que nos están imponiendo desde las aulas, los medios de comunicación, los órganos de poder, las ONG, y todos los gobiernos, sea por acción salvaje y directa o por omisión, resulta un ejercicio de libertad que quede constancia en algún lugar libre de cómo fueron las cosas, de cómo fue en realidad la historia, nuestra forma de pensar u nuestra forma de vida.

Respecto a las futuras generaciones, un simple ejercicio de reflexión me da pie para aconsejarles huir con la misma pasión tanto de las utopías como de las distopías. El banco de pruebas de la historia nos ha demostrado que las utopías (u-topos: ningún lugar) nos conducen siempre inevitablemente a distopías (lugar que sí existe): así ha ocurrido con todos los regímenes comunistas, cuyo factor común ha sido siempre la obtención del poder a través de la aplicación sistemática del terror y la expropiación de todo tipo de libertades en aras de un mayor bien común. Ese bien común ha resultado siempre ser inexistente.

El infierno comunista

Así, no faltan sombríos ejemplos, a lo largo de toda la historia del comunismo, atestiguando el infierno que han causado por dondequiera hayan pasado o intentado infiltrarse. No os faltarán ejemplos: así el sufrimiento causado por los Jemeres Rojos, que cometieron el genocidio nada menos que de un tercio de su propia población; las checas, cárceles “del pueblo” donde la izquierda llevó a cabo despiadadas atrocidades a lo largo de nuestra guerra civil tanto entre sus filas como en las del enemigo; o los infernales Gulags; o bien el hambre y escasez que en estos momentos sufre Venezuela y cuyo sistema están implantando en España desde Podemos y sus “marcas blancas”, sin hablar de Corea del Norte y, en definitiva, los cien millones de muertos que es el balance total aproximado, hasta ahora, del comunismo en el mundo.

Todos ellos resultan pavorosos ejemplos acreditando a dónde conduce la ideología marxista en cualesquiera de sus aristas, para, en realidad, convertirse en distopía sí o sí.

Si las personas llegasen a comprender las consecuencias que tendría para ellos la llegada del totalitarismo en cualesquiera de sus formas, siendo todas ellas primas hermanas, se opondrían al mismo con todos los medios a su alcance. Según se acercase el monstruo puede que no descartasen ninguna forma de oposición para luchar contra quienes destruir su estilo de vida y, sobre todo, su libertad. El pavor que la amenaza de la inminente llegada de un sistema totalitario les produciría sería suficiente motivo para echarse furiosos a la calle sin descartar nada en su lucha con tal de evitarlo. El hombre masa ahora hombre red arrasaría a los monstruos sin dudarlo.

El problema es que el totalitarismo o bien llega impuesto de golpe a sangre y fuego, como ocurrió en el caso de los bolcheviques; o bien con la suavidad impregnada de la vaselina de una democracia fingida, como ocurrió con Hitler aunque entre medio hubiera violencia. Pero estos inevitables brotes de violencia son muy bien controlados por la propaganda mediática.

Si no lo hace a sangre y fuego el totalitarismo se adueña de las sociedades poco a poco sin que dichas sociedades se percaten de ello hasta que resulta demasiado tarde. Y en caso de percatarse, los incautos ciudadanos creen que la cosa no pasará de ahí: que será el último paso; pero nunca es el último paso. Es entonces, cuando la fruta la consideran madura, el momento de dar un golpe de Estado más o menos disfrazado para “alcanzar el cielo”. Ya hemos sido testigos de varios intentos, que aunque no han fructificado no por ello dejaron de ser peligrosos.

Es la situación que nos está tocando vivir: la percepción de nuestras libertades personales y colectivas se han ido estrechando en forma de leyes que antes no pasaban de ser dictados políticamente correctos; y como los cambios son tan lentos los ciudadanos hemos llegado a aceptar situaciones que hace treinta años hubieran sido inconcebibles como “normales”.

El paso de lo “políticamente correcto” a ley acaba siempre por imponerse. Pero antes de ser ley la corrección política también puede imponerse violentamente. Los violentos siempre alegan ser los pacíficos y acusan de violencia a quienes no piensan igual. Es el típico: “eres un facha” que los verdaderos fascistas y nazis o aspirantes imberbes a bolcheviques usan con verdadera fruición.

Solo ciudadanos cobardes y acomodados, alelados mediante adoctrinamientos infantiles fomentados por los medios, cometerían la torpeza de creerse en una zona segura dentro de un sistema totalitario.

No existen zonas seguras en el totalitarismo.

Las oligarquías dominantes empiezan a hacer purgas; y esas purgas no respetan a nadie porque moralmente un caudillo totalitario aspira nada más que a mantener el poder instaurando su particular mundo de terror, tal como les enseñó Trotsky.

No solo cualquier disidencia, sino cualquier sospecha de disidencia es suficiente para activar el resorte de la máquina represora con el único objetivo de mantener el poder.

El efecto dominó es arrollador: el caudillo totalitario y su banda mafiosa se mantienen en el poder destruyendo cualquier vestigio de sociedad civil. Lo hacen mediante un único partido político controlando los tres poderes en el Estado e incluyendo en el mismo a la misma sociedad civil. Que acepten para disimular algunos partidos políticos satélites es harina de otro costal; pero en realidad, solo hay un partido político.

Todo es Estado y todo está bajo el poder del Estado. El ciudadano no tiene ningún instrumento democrático de poder para embridar el Estado. En su novela distópica 1984 Orwell describió el horror del poder total abordado mediante el uso de la tecnología. El mito del Gran Hermano, que una cadena de TV ha utilizado para realizar realities, está inspirado en dicha novela. El GH lo ve todo, lo controla todo y siendo la sociedad civil parte de ese Estado todo ciudadano se convierte en policía obligado a informar y a la vez sospechoso de no hacerlo. Para William, protagonista de la novela, no denunciar a un sospechoso le convierte en reo. Nunca sabe si cuando suena el timbre es que vienen a por él: y al final vienen.

Piensen si algún partido ya ha hecho manifestaciones, más o menos veladas, a favor de las checas, “policías de proximidad entre vecinos”, y si no se están intentando montar en este momento algo parecido. Así lo hacen… Poco a poco, en una maniobra envolvente como tejiendo una tela de araña; hasta que la tela ya te ha atrapado.

Para mejorar las cosas, en su paranoia, el régimen de terror se implanta imaginando conspiraciones por todas partes. En ese estado avanzado del proceso los que se hallan más en peligro son precisamente los más allegados al jefe totalitario; y así pueden rodar (literalmente) las cabezas de hermanos, cuñados y colaboradores cercanos, que son considerados como potenciales usurpadores.

Así mismo, en el terror tampoco existen triunviratos, ya que solo puede quedar un jefe máximo y absoluto. A su alrededor crecerán oligarquías de familias dominantes que también mantendrán sus parcelas de poder aprovechando el sistema de terror implantado. Y alrededor de esas oligarquías nacen las inevitables redes clientelares. Y ¡ay del que se crea tan libre como para no pertenecer a una red clientelar! Por ello podría sonar tu timbre cualquier día.

J.P. Alexander

La libertad, el mayor tesoro y la igualdad, sólo para las oportunidades. Profesor de secundaria y bachillerato, pero ante todo maestro. Autodidacta empedernido

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