Crónica de una guerra anunciada

Tenemos guerra en Europa, pero Europa todavía no está en guerra. Todavía.

Las guerras no las empiezan los militares. Las guerras las empiezan los políticos. De hecho, son precisamente los militares los más interesados en que no haya guerras.

Putin no es militar, Hitler tampoco lo fue, ni Mussolini, ni Lenin o Stalin, pero todos ellos, empezaron guerras. Todos ellos fueron políticos que habían conseguido el respaldo mayoritario de la población. Ahora sabemos que mediante engaños; la mentira es la invisible, pero efectiva arma de algunos políticos, sobre todo los que no se privan de ella para no parecer católicos.

Sé cómo estará el mundo dentro de unos meses. Los que hemos estudiado muchas guerras sabemos que cuando se cruza un punto sin retorno, nadie se vuelve atrás.

Europa y EEUU demostraron una enorme debilidad en septiembre de 2021 al salir aprisa y corriendo de Afganistan. Cuando un animal huele el miedo se envalentona. El problema no es, será muy pronto, Putin. Hay mucha gente en el mundo que odia a los europeos; los europeos creen que son envidiados pero, en realidad, son odiados, y el odio y el hambre mueven masas inmensas de gente que como la lava lo arrasan todo. Putin no quiere destruir Europa, quiere conquistarla y aprovecharse de su riqueza, pero los que odian a Europa sí quieren destruir hasta los cimientos la civilización que les ofende con su sola existencia. No es una guerra de religiones, porque Europa ha dejado de tener religión, es una guerra de odio ciego encendido por el abrasador sol del desierto.

He pensado muchas veces en estos días cómo podríamos salir de este lío, y les aseguro que todos los razonamientos me conducen al mismo sitio: No hay salida hacia atrás. Tendrá que ocurrir un milagro para que esto termine sin consecuencias muy graves, pero en cosas de milagros soy muy inexperto y no sabría concretarles en qué podría consistir.

Ahora que lo menciono, he recordado un milagro relacionado con una guerra: ocurrió el 26 de agosto de 1914 en Mons. También el de los tercios españoles en Flandes en diciembre de 1585.

El hecho fue constatado por centenares de soldados de ambos bandos. No les diré en qué consistió, pero sí cuál fue la consecuencia: LOS SOLDADOS DEJARON LAS ARMAS EN EL CAMPO DE BATALLA Y VOLVIERON PACÍFICAMENTE A SUS CASAS. No pudieron dar explicación de su actitud.

En fin, en estos momentos, no veo más solución para el problema de la guerra que que las gentes se rebelen contra la soberbia de los políticos, y no les obedezcan. Pero eso, claro está, sería un milagro, inconcebible en una Europa atea y racionalista. No me consideren pesimista, considérenme realista.

José Enrique Catalá

Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Valencia. Especialista en Hª Medieval. Profesor. Autor del libro: Glosario Universitario.

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