Contra toda «cadena perpetua»

Recuerdo haber oído (quizá fue a mí mismo) aquello de que quien quiera mostrarse cruel con un perro acaso no necesite apalearlo, sino atarlo a perpetuidad. Y no me parece exagerada la reflexión, pues pocas cosas hay tan execrables como la extendida costumbre de amarrar a estos nobles seres y olvidarse de ellos, asumiendo un comportamiento que bien merece calificarse de “violencia por omisión”.

Se trata de una forma de agresión tan absurda como repugnante, por cuanto cercena algunas de las necesidades más básicas de la víctima, dado que la perversión viene dada por su propia naturaleza. En efecto, sabido es que nuestros queridos perros son individuos eminentemente sociales, que en calidad de tales requieren el contacto con los demás (humanos, congéneres, o mejor ambos), formar parte de un clan, establecer roles, mandar y ser mandado: una vida rica en estímulos, en definitiva. Pero la cadena destruye de raíz todo lo que ellos valoran, y de ahí la reflexión inicial.

Desde su ingenuidad, uno tiende a pensar que determinadas realidades se dan sobre todo en sociedades pobres, cuyos habitantes se rigen por mentalidades obsoletas y prejuiciosas. Pero son multitud los casos espeluznantes que acontecen por igual en el mundo opulento. En la mentalidad de no pocos ciudadanos permanece intacta la costumbre de mantener lo que en algunos lugares denominan perros de puerta ―¡pavorosa etiqueta!―, en contraposición a otros animales de la misma casa, también perros en ocasiones, a los que se permite cierta libertad de movimientos por la estancia o incluso pernoctar en el interior, mientras sus desdichados compañeros sufren el calvario constante de la intemperie. Este escenario muestra como pocos la mentalidad esquizofrénica que observa a menudo el ser humano, y nos regala un dramático ejemplo no ya del famoso especismo ―que también―, sino de la discriminación arbitraria en su estrato más primario: el individuismo (disculpen el “palabro”).

Es así que un sinnúmero de perros permanecen atados a una cadena durante largos períodos de tiempo, y no pocos durante toda su vida. Es difícil imaginar una tortura más refinada, antes lo decía, teniendo en cuenta su talante gregario. Se trata, como conoce bien cualquiera que haya tenido la oportunidad de convivir con uno de ellos, de seres que requieren constante atención afectiva, que están “diseñados” para pertenecer a un clan estratificado y de participar de las actividades del grupo. Hablamos de seres curiosos, amantes de las relaciones con sus iguales, también con otras especies además de la humana, y que agradecen entusiasmados algo tan simple como una caricia o unas palabras amables. Con estas premisas psicológicas, condenarlos a permanecer siempre amarrados constituye un crimen execrable. En tal circunstancia, todos sus instintos y deseos quedan frustrados, con el componente de sufrimiento emocional que ello conlleva.

Se supone que tan deleznable práctica tiene por objeto disuadir a hipotéticos malhechores de introducirse en la propiedad, pero con demasiada frecuencia responde a un comportamiento compulsivo e irracional por parte de los dueños (utilizado aquí el término en toda su crudeza posesiva), puesto que mantienen atados a animales en lugares donde no existe nada de valor, y que por lo tanto carecen de interés para los posibles ladrones. Por supuesto que el hecho de resultar eficaces en su “cometido” no justifica en el menor grado tamaña agresión, pero aún resulta más despreciable en aquellos casos en los que ni siquiera existe una razón objetiva para ello. Simplemente se ata al animal a la cadena cuando es cachorro, para que permanezca allí como un elemento decorativo más del entorno. Y si acaso se tratan de legitimar estos hechos aduciendo que “el ladrido ahuyenta visitas indeseables y alerta a los propietarios”, cabe recordar que hoy el mercado ofrece numerosos sistemas de alarma, como para seguir sometiendo a tipos inocentes a esta tortura diaria. Porque todos estos desdichados acaban con manifiestos desequilibrios psíquicos, tras millones de ladridos, intentos inútiles de soltarse y tirones de la cadena. Al final, simplemente se abandonan a su sino. La mayoría no tiene más resguardo de las inclemencias meteorológicas que una triste y apestosa caseta que acumula la suciedad de años. Y la mala alimentación es un punto más que añadir a la lista. El final es una vejez de achaques y una psique derrotada, hasta que una fría mañana no queda más que su cuerpo rígido e inerte.

Por encima de cuestiones de tipo práctico, lo cierto es que los humanos no tenemos autoridad moral alguna para condenar a seres de naturaleza pacífica y sociable a la miseria de la soledad y al mundo que ofrecen los dos metros de una cadena mugrienta, tan solo para [supuestamente] combatir comportamientos (el robo y el asalto a la propiedad privada) propios y exclusivos de la condición humana, que no canina. Si no somos capaces de respetar a nuestros compañeros de especie y a sus posesiones, en absoluto nos asiste el derecho a utilizar a terceros para intentar evitar las consecuencias.

Ninguna agresión gratuita a los animales queda justificada, pero quizá menos aún si hacemos víctima de ella a un amigo. Y los perros son viejos amigos nuestros; no podría ser de otra forma tras quince mil años de aventuras compartidas. Ello convierte nuestro comportamiento en una infamante deshonestidad. A nadie le agradaría ser tratado de la forma en que son tratados los animales de guarda, por lo que una dosis de empatía también nos viene de perlas en esta ocasión.


KEPA TAMAMES

ATEA (Asociación para un Trato Ético con los Animales)

Redacción

Digital de Información y Opinión de derecha

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