Con un poquito de humildad

En España, la epidemia ha tenido una virulencia superior a la del resto de países, entre otros motivos, por no tener los test de detección de la enfermedad, lo que ha hecho que jugásemos con datos de contagio con un retraso de aproximadamente 14 días, es decir se desconocía la magnitud de esta. De este modo, el error de inicio cometido por el gobierno podría tener una explicación en la falta de preparación de nuestra sanidad para la realización de esa detección temprana, pero es evidente que, una vez superado ese periodo inicial, la actuación del gobierno ha sido errática, falta de criterio y de previsión.

Si nos fijamos un poco en las causas o motivos por los que España tiene una tasa de mortalidad y de infestación tan elevada, en una reducción y simplificación absoluta, se debe a la falta de humildad.

Un gobierno que, según la manifestación del Ministro de Ciencia, estaba trabajando en la prevención del covid19 desde enero y que, por su altanería, no quiso prohibir las manifestaciones públicas, cuando sí lo había hecho con los cursos y formación de los profesionales, pensando que con ellas se empoderaba frente a sus adversarios como promotor de las mismas, para ahora, cuando se observa como un error, cobardes, afirman que ellos no promovieron nada.

Una sanidad que se consideraba todo poderosa, con los mejores profesionales y medios y en la que los sanitarios y pacientes, se dedicaban a llevarse el material sanitario para revenderlo, para ahora, cuando pintan bastos aparecer únicamente como héroes que actúan sin materiales adecuados.

Los ciudadanos, tú y yo, que cuando oímos hablar del covid19 pensamos que era una simple gripe que afectaba a los chinos, a nosotros, europeos, en nuestra grandeza, no nos puede afectar, para cuando cambia el viento responsabilizar a propios y extraños.

Creo que la humildad nos ayudaría a salir de la epidemia y afrontar la ruina que tenemos con seriedad, rigor y unidad, en la medida que ninguno pretenda otra cosa que no sea la salida del problema, conscientes de que no existen fórmulas mágicas, que el dolor de todos será muy grande y que es responsabilidad de todos hasta alcanzar la cima del agujero en el que estamos metidos.

Es preciso y urgente reducir el gasto y la carga política que tenemos que soportar todos los ciudadanos, haciéndola más austera, ligera, eficiente y eficaz, nutrida de gente preparada y curtida en el trabajo y en la superación de crisis, que los hay, para después, asumir todos que debemos aplicar criterios de austeridad a nuestras vidas y adaptar nuestro ritmo a nuestras posibilidades, con la obligación de que, el dinero que aportamos al bien general se aplique a nuestra sanidad, educación e investigación, justicia y defensa de forma prioritaria, sin que en ninguno de esos sectores se malbaraten los recursos facilitados y buscando siempre la optimización de los mismos.

Debemos de asumir que somos lo que somos gracias al esfuerzo de todos y que los valores del sacrificio, trabajo y la honradez deben de estar por encima del lucro fácil y ligero, de forma que, con humildad, dejemos la administración de nuestro presente y el futuro de los nuestros en manos de aquellos que están más preparados, implementando el mayor grado de controles posibles al poder, otorgando la máxima independencia a un poder judicial, valorando los mecanismos de control por medio de la máxima preparación técnica, fortaleciendo las estructuras del Estado mediante una estructura austera, pero cercana y eficaz para el ciudadano.

Una vez que tengamos este “caballo” bien pertrechado para la carrera, con las limitaciones y criterios inamovibles, dejar que unos y otros hagan la política que deseen, de forma que si unos quieren más Estado lo puedan hacer y si otros desean mayor grado de libertad económica, estén en su derecho de realizarlo.          Con la idea clara de que las cosas son lo que son y no lo que queremos que sean y hasta hoy hemos permitido cambiar los conceptos, la terminología y la definición de las cosas por el sólo hecho de así quererlo, pues nos considerábamos absolutos dioses y, ahora, ha quedado claro que por más que queramos cambiar los términos, nuestras limitaciones, no pueden hacer que cambien a nuestro antojo.

Enrique de Santiago Herrero

Abogado. Máster en Ciencia Política. Diploma de estudios avanzados en Derecho Civil Patrimonial. Derecho penal de la empresa. Colaborador y articulista en diversos medios de comunicación escrita, radio y televisión.

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