Con el rabo entre las piernas

Los talibanes no han ganado la guerra, la han perdido los europeos y los americanos. Esto ha sucedido porque los vencidos se han visto amenazados por algo que no pueden combatir, la guerra invisible: los atentados.

Sabemos con la certeza que nos da la experiencia, que, salvo honrosas excepciones, las palabras: mentira, ambigüedad, confusión y político, pertenecen al mismo campo semántico, en cualquier idioma. Por esta razón a menudo desconfío de lo que oigo en las noticias.

Resulta que tras veinte años de guerra, un bando decide abandonar la guerra. Extraño, ¿no?
Además, lo decide sin rendición formal ni batalla final. Extrañísimo, ¿no?
Encima se da la circunstancia de que el bando derrotado es, ni más ni menos, que la coalición más poderosa de la Tierra en términos militares y económicos, y el bando victoroso está formado por un grupo de desarrapados, sin más formación militar que una vida entera en campo de batalla, y con un armamento y un modo de vida extremadamente precario. Asombroso, ¿no?
Por añadidura, los vencidos no se van sino que los echan (a patadas) y no pueden ni siquiera recoger sus «cosas». Espeluznante, ¿no les parece?

Esos asuntos que aquí planteo, pueden tener varias explicaciones, pero me parece que la más razonable es, desgraciadamente, la más aterradora.

Los talibanes no han ganado la guerra, la han perdido los europeos y los americanos. Esto ha sucedido porque los vencidos se han visto amenazados por algo que no pueden combatir, la guerra invisible: los atentados.

Un atentado no es una guerra, es un chantaje. Con un atentado terrorista los talibanes consiguen doblegar las rodillas de cualquier político del mundo civilizado puesto que él no sabe y no puede combatir de ese modo.

Ningún político de un país democrático quiere la guerra en su propio territorio de forma que afecte a sus ciudadanos (espero que no sea por una motivación electoral). Creo bastante posible que los desarrapados talibanes, aprovechando el típico «papeles para todos» del «buenismo democrático», hayan conseguido trasladar «su guerra» a las bulliciosas y cómodas ciudades del mundo civilizado, mediante acciones terroristas a gran escala que no les suponen grandes esfuerzos materiales.

Ya hemos visto con qué facilidad e impunidad han actuado, los terroristas (no quiero llamarlos «islámicos», porque no lo son), en Madrid, Barcelona, Londres, París, Nueva York, etc.

Sánchez, el «Salvador» de huérfanas y viudas, ha ofrecido nuestro territorio para albergar a los considerados traidores por los talibanes. Me suena a un simplón que quiere hacer algo para caer en gracia a los que se sienten incómodos con ese acogimiento; cómo no, esos disidentes se han convertido en el punto de mira de los talibanes, por eso, son ciertamente molestos en los países que han hecho la guerra. Tanto Biden como la UE han dado unas palmaditas de aprobación a la espalda del generoso español.

Si por tener en un hospital a una persona non grata para el rey de Marruecos, Sánchez nos ha metido en un problemón con cientos de afectados, ¿Qué puede pasar por acoger a miles de perseguidos por los talibanes?

No piesnsen que pretendo ser alarmista; este argumento ya lo utilizaron los socialistas españoles tras el 11M para ganar las elecciones, diciendo que el atentado se produjo porque Aznar estuvo en Las Azores.

¿Y cuál podría ser esa amenaza que acongojara de tal modo al todo poderoso mundo occidental?

Lo saben. Ustedes lo saben ya perfectamente.

Existe actualmente un número indeterminado de países que poseen armas nucleares, tanto del primer mundo como del tercer mundo. Recientemente, Armenia, antiguo país soviético más pequeño que Extremadura, ha amenazado a su país vecino diciendo públicamente que posee armas nucleares, que vaya con cuidadito con él. La bomba más espectacular la tiene Putin, se llama «bomba del zar» y su potencia es 3.300 veces superior a la de Hiroshima.

En los años ochenta fueron catalogadas 15.000 bombas nucleares en todo el mundo. ¿Cuántas habrá ahora? La respuesta asusta, pero la pregunta verdaderamente terrorífica es: ¿Quién tiene ahora esas bombas atómicas de los años ochenta?

Nadie fabrica una bomba en los ochenta para tirarla a la basura (es un decir) cuando fabrica otra más potente. Todos los políticos quieren tener el armamento más moderno, y para ello, tienen que deshacerse del viejo. Naturalmente, hay muchos pequeños países que se sienten más poderosos poseyendo unas cuantas por poco precio.

Que Dios nos pille confesados. (Lo recomiendo. Solo el Rosario es más poderoso que una bomba nuclear, ya fue demostrado en 1945, en Hiroshima).

Milagro de Hiroshima
https://www.aciprensa.com/noticias/el-milagro-de-hiroshima-jesuitas-sobrevivieron-a-la-bomba-atomica-gracias-al-rosario-50173

También la opinión de uno que se cree inteligente por no decir que no cree en Dios.
https://www.atlantico.net/opinion/pedro-larrauri/hiroshima-y-falso-milagro-jesuitas/20131014080008227090.html

 

José Enrique Catalá

Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Valencia. Especialista en Hª Medieval. Profesor. Autor del libro: Glosario Universitario.

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