Comentario literario sobre un documento gráfico de la guerra civil

Sobre un fondo montañoso difuminado,  herido por geométricos tonos de ocre otoñal, sobre un verde vivo y vigoroso, la muerte está a punto de nacer en el seno silencioso y eternamente maternal de un cementerio.

Nueve son los artistas van a dibujar este cuadro macabro.

Alguno parece tan joven que casi no puede levantar el arma. Por la ideología puede matar, pero no puede aún formar  parte de una democracia.

No son aprendices, han sido bien entrenados en nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Llevan sobre sus cabezas el símbolo de la sangre, de la muerte y de la anarquía.

Se sitúan a los pies del lienzo, en primer plano, van a ser actores en muchas más obras, siempre con nuevos figurantes que, derrotados y sumisos, serán conscientes de que en un instante, formarán parte del montón de muertos que tienen delante. No sentirán la fría soledad de la muerte porque creen en Dios; su inseparable Ángel Custodio, sujetará en alto su alma, ofreciéndola al Cielo, como preciado y maravilloso regalo.

A la izquierda del escenario han situado a unos niños vestidos de domingo, para mantener el equilibrio con el lado derecho donde esperan los que se irán en la siguiente escena. Uno de los niños, el que lleva menos años sobre la Tierra, mira, rígido, paralizado, el espectáculo, singular e incomprensible, que ha tenido la inesperada suerte de poder observar desde el mejor palco. La entrada es gratuita; nadie le impide formar parte de aquella escena.

Los actores están preparados. La Ideología, que se ha infiltrado como una serpiente en sus mentes, les susurra que esta escena no puede ser suprimida del total de la obra; es imprescindible; forma parte necesaria, poética y romántica, de la Revolución que están construyendo. Ella les dará la firmeza en el pulso para que aprieten el arma fuertemente, mientras con una ligera caricia, extraigan el seco y áspero sonido del instrumento.

Las blancas losas marmóreas de las tumbas del cementerio, se estremecen por el ruido de los fusiles sobre el aire, embrutecido por un penetrante olor a azufre. Se oye cómo se desploman los cuerpos, bruscamente, como muñecos de trapo,  sin vida. Sabes que están muertos porque no se levantan a pesar de la incómoda postura que tienen sobre el suelo o el montón de cadáveres.

Ya acaba la función. Solo quedan seis y nos vamos a tomar unos tintos. Los muertos, que se queden con los muertos; que los entierren los suyos. La revolución siembra los campos con la sangre y el cuerpo de sus enemigos. La Revolución mata, no entierra. La historia buscará en su selectiva memoria, las fosas comunes hundidas por nosotros pero no las hallará, porque no existirán; el viento, la tierra, los animales y nuestros cómplices, los gusanos, se harán cargo de esta labor indigna de un revolucionario.

Suena el último redoble y todo ha terminado. El rojo pañuelo atado al cuello, que los hermana, servirá a algunos, para secar las gotas que caen, como lágrimas, de sus mentes, donde vive la rabiosa ideología, ahora satisfecha pero siempre insaciable, bajo una textil  techumbre de sangre y muerte.

Alguien gritará por la humana necesidad de sentir paz en su conciencia: “Viva la Revolución”.

José Enrique Catalá

Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Valencia. Especialista en Hª Medieval. Profesor. Autor del libro: Glosario Universitario.

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