Basta de conflictos y salvémonos

El problema catalán es un problema de sentimientos inculcados, durante años, por un grupito de poderosos que han visto su lucro en la transmisión del cuento de la hipotética e ilusoria nación catalana que, a fuerza de repetirlo, han intentado convertir la mentira en verdad. En esa situación, y con esa farsa, han manipulado un pueblo para, con ello, empezar cobrando el 3% y finalizar dando un golpe de Estado que ahora se blanquea.

Amigos, juristas de reconocidísimo prestigio, que abogan, tanto por su posición de defensa, como de su preparación legal, por la rectitud de los indultos, como si el problema fuese una u otra posición ante la medida, o una discusión que resuelva el problema o pretenda una fingida solución.

Se ha cedido la cultura, la  historia, la educación, durante demasiado tiempo, en post de la concordia, a unos personajes que han generado un sentimiento que ha calado en un importante grupo de catalanes que luchan con la realidad, y esa visión, inoculada en un conflicto interno y personal entre lo instruido y la percepción de la realidad, comprobando que, esa historia fantástica que le vendieron en la escuela, se contradice, día a día, con la vida misma y el escenario en el que vive.

Por eso los indultos, contra los que me he mostrado, como su no concesión, no son más que un arma de confrontación política con la que ocultarnos a todos la dura realidad de una clase política que, para mantener sus modos de vida, nos manipulan, nos dejan morir, nos abandonan en la más profunda crisis mundial y siguen en su farsa manipulando, de este modo, nuestros sentimientos.

Es duro comprobar cómo han fallecido miles de vecinos, amigos, familiares, compatriotas, con una clase política que se ha dedicado a ocultar las muertes, a lucrarse con su muerte, a dar millones a los medios de comunicación para sostener la mentira, a ocultar el portal de transparencia, a ordenar la “minimización” de las críticas y de los ciudadanos, a mentirnos y a destrozar nuestro marco de vida, a manipularnos con el miedo a ocultar que nuestra sanidad no funciona, nuestra administración colapsó, nuestra justicia tiene miedo, nuestros servicios públicos no sirven al público…

En la vida, si aplicas el principio “quid prodest”, descubres el trasfondo de la situación. Es evidente, por tanto, que a quien beneficia el enfrentamiento, la crispación, la disputa sentimental, es a la clase política de todos las posiciones pues, con ello, nos ocultan cómo han sido incapaces de gestionar la epidemia, cómo hemos alcanzado la mayor cota de muertos por millón del mundo, cómo seguimos, después de un año y medio, sin planes de actuación, sin modelos de prevención ante futuras o posibles repeticiones de la situación, sin fórmulas jurídicas, sociales, económicas y sanitarias aplicables ante la pandemia, llegando al reconocimiento de la incapacidad e irresponsabilidad del “o lo que digo (mi santa voluntad) o el caos” y enfrente, en lugar de exigir responsabilidades, presentar planes o modelos alternativos de gestión, presentar la realidad e intentar salvar vidas y economías desde la coherencia, desde la exposición de la situación, no como forma de hacer política, sino como una política de formulación de soluciones al ciudadano sin esperar o buscar un rédito personal o partidista.

Cuando hablo de hacer una “política nueva”, distinta, me suelen decir que soy un iluso y que es imposible de llevar a efecto, pero “sí se puede”, sólo hay que demostrar que se puede, que se puede acudir a la política a servir y no a servirse, que se puede hacer política pensando en el ciudadano y no en el político, que se puede luchar ideológicamente pero olvidar la ideología ante la desgracia, que se puede discutir el modelo, pero nunca el objetivo, que no pude ser otro que el bien común.

Cuando una sociedad padece la muerte de miles de personas, sufre el hundimiento más profundo de su economía, aguanta una situación insostenible, la única solución es rebajar política y políticos, aplicar austeridad en dirigentes y estructuras superfluas, potenciar la empatía, la solidaridad, la ayuda mutua y, desde la humildad, trabajar todos juntos, los que gobiernan y los que se oponen, por una salida común y conjunta.

El obligado a tender la mano, a demostrar una verdadera intención, es el gobierno que deberá de hacerlo una y otra vez sin crear muros, ni construir “fronteras sanitarias”, a una oposición que no puede, no le es dable, el rechazar esa muestra de buena voluntad y deberán de sentarse y construir, psoe con vox, vox con podemos, podemos con el pp, el pp con el psoe y, juntos, de verdad por España, por los españoles, por el ser humano, construir unidos un barco de salvamento nacional.

¿Es utopía? Pues, con claros y oscuros, con defectos y virtudes, eso fue lo que unos y otros hicieron en la transición, que ahora algunos se permiten denostar, a lo mejor porque prefieren verte morir que permitir que te salven los adversarios.

Enrique de Santiago Herrero

Abogado. Máster en Ciencia Política. Diploma de estudios avanzados en Derecho Civil Patrimonial. Derecho penal de la empresa. Colaborador y articulista en diversos medios de comunicación escrita, radio y televisión.

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