Aunque ellos se vayan, nosotros lo vamos a pagar caro

El alma europea reside virtualmente en todos los pueblos que la forman, pero solo unas cuantas naciones tienen conciencia de ella. El alma señorea al cuerpo en circunstancias normales. Pero cuando se vive bajo la angustia de las necesidades materiales, no le queda al hombre ni tiempo ni sosiego para pensar más allá del momento presente. Esto les ocurre hoy a la mayoría de las naciones europeas.

El dinero que Sánchez está pidiendo a Europa no va a ser barato. Tampoco se lo entregarán gustosamente y sin reservas. No se fían de Él. Las condiciones serán duras. Saben que su Gobierno tiene muchas grietas, que su barco está escorando hacia la izquierda dramáticamente. Se han abierto vías de agua en los pedestales de la nación; en la economía, en el mundo laboral y, sobre todo, en el prestigio de los propios dirigentes. Algunos miembros del Gobierno están siendo investigados por tribunales internacionales.

Al ver las chapuzas que hacen con las compras fraudulentas de material sanitario, con las relaciones con la vicepresidenta venezolana buscada por la Unión Europea engañando a sus socios comunitarios, con el asalto a la embajada de México en Bolivia por parte de Fuerzas de Seguridad españolas, o el intento de que se corrompiera el Coronel Casado para ocultar a la justicia las ilegalidades del propio gobierno, al ver esas chapuzas, sigo diciendo, siento vergüenza por tener como gobernantes a los corruptos más tontos del mundo. Somos el hazmerreir de Europa por habernos dejado engañar por esos individuos y por su manifiesta torpeza en el manejo de los problemas de la nación y de sus propios problemas.

Habrá que aguantarse. Tenemos lo que nos merecemos.

Unas nuevas elecciones no servirían de nada. Los votantes de izquierdas están escondidos, esperando una consigna para salir a las calles a combatir el fascismo (que pena de gente).

Los votantes de izquierda están sonrojados, pero no por las nefastas consecuencias de su elección sino por la ira contra los demás españoles. Nos odian. La soberbia, cuando es reprimida, es devastadora.

No soy nadie para poder dar consejos de gobierno, pero creo que es momento de que prime el sentido común, la cooperación entre todos los españoles, unos deben ceder derechos en beneficio del bien común.

Sé que es difícil, pero es necesario devolver al mundo laboral  a mucha gente dedicada a la política y cosas afines. La relación entre la capacidad laboral y el sueldo no está bien regulada ni controlada en la vida política. Esto pasa en todas las administraciones. A Juan Pablo II le preguntó un periodista: “Su Santidad, ¿cuánta gente trabaja en el Vaticano?” y, después de pensar un momento, respondió: “Más o menos, la mitad”.

Pero en España ha sido un abuso. Si muchos politiquillos de base, de ayuntamiento, de sindicato, hubiesen ocupado puestos laborales primarios, tal vez no hubiésemos necesitado tanta inmigración. Si una empresa tiene que despedir empleados cuando baja actividad, por qué no un ayuntamiento; tal vez deberíamos poner empresarios en los ayuntamientos como en Suiza, en vez de listillos políticos.

José Enrique Catalá

Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Valencia. Especialista en Hª Medieval. Profesor. Autor del libro: Glosario Universitario.

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