Antes y después

"Respetábamos lo que nos dieron nuestros padres, pues éramos conscientes del esfuerzo que hacían..."

Éramos pequeños y nos dedicábamos a correr en rededor de la plaza de Los Bandos; jugábamos a cosas que, hoy, nos parecerían un peligro cercano a la irresponsabilidad penal: cruzábamos la calle a la carrera, patinábamos en el hielo que creábamos echando el agua de la fuente fuera para que por la noche helase y quedase una pista que bajaba del caño a la parte baja de la plazuela, jugábamos al clavo, corríamos tras las niñas… Unos cafres del momento, felices, sencillos, educados y respetuosos, por la cuenta que nos traía.

En el colegio, si te portabas mal, te sacudían una bofetada y tan contentos de que al llegar a casa, por el mismo motivo, no te cayese un castigo (se pasaban por el forro el principio non bis in ídem). Si suspendías, eras acreedor de un castigo; pero, si sacabas nota y te esforzabas, la recompensa era segura. Nos inculcaron, claramente, el principio del esfuerzo, del valor del sacrificio, de la perseverancia y de la tenacidad, así como la necesidad de conseguir y reforzar la labor intelectual como única riqueza que nadie te podía quitar, con importancia suprema en la propiedad de cada uno y la libertad personal de decisión responsable.

Frente a la creencia de que el poder se encontraba en el dinero, nos enseñaron que estaba en la capacidad de crecer interiormente, en el tesón por alcanzar las metas y que, por más que se quiera de otro modo, el valor está en el interior de cada uno y no en su dinero, en su posición o en su poderío, sino en la fuerza interior que te permite levantarte cada vez que otros te intentan hacer caer o te tiran por el suelo. Generalmente, no necesitábamos psicólogos, terapeutas, habíamos entrenado nuestra mente para el ejercicio de soportar la agresión y la hicimos resistente, no éramos Superman, pero desde luego tampoco la señorita Peppis envuelta en algodones.

Respetábamos lo que nos dieron nuestros padres, pues éramos conscientes del esfuerzo que hacían para hacer y conseguir las cosas, que lo hacían en silencio, sin alharacas y, así, nos enseñaron el valor de la renuncia, de la capacidad de adaptarte a las circunstancias, valorando, cuidando lo que nos ofrecían y considerando su carácter.

Gracias a ese esfuerzo, a esos valores, a esa unidad de la familia y el respeto a lo conseguido, nos lo dieron todo y obtuvieron para nosotros una España mejor, en democracia, en la que nos perdonamos todos, pues ya no era nuestra guerra y el viejo dictador ya no era tan duro, habíamos salido con él del ostracismo, de la ruina y habían hecho una España próspera, sin muchas libertades, pero en la que, la inmensa mayoría, vivía feliz y sin más agobios que los de la vida misma, prueba de ello es que, cuando falleció Franco, millones de personas le lloraron y al día siguiente se pusieron a construir todos juntos un país mejor. Ese espíritu de fraternidad, de respeto, de superación y de búsqueda común de una democracia plena, fue lo que nos aportó un proyecto común en el que nacíamos a algo nuevo y mejor.

Hoy, frente a la ruina desoladora de una pandemia que se asemeja a la de una guerra, frente a la muerte cruel de miles de personas, próximas a las de una concatenación de conflictos bélicos, se desprecia la concordia y la integración, se ahonda en el enfrentamiento, se busca el rédito político y no salvar la vida de los ciudadanos, se sopla el rescoldo de la intransigencia para conseguir la llama de la crispación y el incendio de la violencia.

No se puede ser más miserable, más canalla ni más ruin que aquel que se dedica a la política y, en lugar de superar discrepancias, de buscar consensos y trabajar por la salud, se dedica a silenciar al que pide socorro, al que critica la actuación política y la falta de criterios sociales. Miserable es un gobierno al que hasta 3 estados de alarma se le concedieron sin preguntar por la oposición y él se dedicó a laminar a esa oposición; pero, no piensen que menos ruin es una oposición que, en lugar de presentar ofertas y posiciones comunes de salvamento social y sanitario, se dedican a realizar actuaciones políticas faltas de esas proposiciones… Y, mientras tanto, nos morimos o nos vamos por el sumidero.

Enrique de Santiago Herrero

Abogado. Máster en Ciencia Política. Diploma de estudios avanzados en Derecho Civil Patrimonial. Derecho penal de la empresa. Colaborador y articulista en diversos medios de comunicación escrita, radio y televisión.

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