Abajo la clase política ¿o no?

Es frecuente que en las encuestas de opinión los ciudadanos expresen una gran desconfianza en la clase política. ¿Quiere esto decir que hay que renunciar a la existencia de los políticos? No. Eso es imposible porque son un instrumento clave para la existencia de la democracia. Es de mero sentido común que un país no puede gobernarse mediante decisiones asamblearias constantes. Ni siquiera a nivel local han funcionado los tan cacareados “presupuestos participativos” ya que sólo acuden pocos vecinos que tienen tiempo libre y no cabe asumir que ellos representen al barrio o al municipio. Para que una sociedad funcione democráticamente tiene que designar a sus representantes y delegar en ellos la toma de decisiones de gobierno. Para temas de especial interés cabe hacer referéndums consultivos, pero desde luego ninguna sociedad aguantaría que se convocaran referéndums constantemente. Por consiguiente, los políticos deben seguir existiendo. Cosa bien distinta consiste en que se busquen fórmulas que no los hagan tan dependientes de los líderes de los partidos, los cuales en muchos casos pueden eliminar a los díscolos de las listas electorales, con independencia de que esos díscolos cuenten con el apoyo de los militantes de su barrio, agrupación o provincia.

Nuestra Constitución en su artículo 6 otorga un papel principal a los partidos políticos señalando que “expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política”. Junto a los partidos, al mero efecto de concurrir a las elecciones, la Ley Electoral permite que se puedan constituir Agrupaciones de Electores, siempre que cumplan los requisitos que establece la Ley, en particular, haber reunido el número mínimo de firmas exigido para que la Agrupación pueda ser reconocida. No obstante, esta fórmula tiene una presencia muy pequeña en el panorama político.

La realidad es que casi la totalidad de políticos provienen de los partidos y que dentro de ellos se van constituyendo en profesionales de la política, titulares de un puesto, muy sumisos a la superioridad porque “el que se mueve no sale en la foto”. A esta situación contribuye el que la gran mayoría de partidos políticos se salta claramente la norma constitucional que les exige que “Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”. La realidad es que muchos partidos ocultan la cifra de sus militantes, e inclusive retocan la lista de ellos, por lo que la democracia interna se transforma en un espejismo.

Por otra parte, la fórmula organizativa de la Nación española, el llamado Estado de las Autonomías, ha multiplicado la clase política. Cada Autonomía tiene su Parlamento, y su gobierno con sus “ministros regionales” y demás cargos políticos. Si a ello se añaden los políticos de las Diputaciones y Municipios, se tiene una clase política muy numerosa, probablemente la más numerosa de los países europeos. Además, hay que tener en cuenta el conjunto de puestos públicos, en muchos de los cuales cabe colocar a miembros del partido que no fueron incluidos en las listas o que no obtuvieron puestos en las elecciones. En suma, una amplia serie de puestos políticos, o político-administrativos, remunerados, todo lo cual forma parte de la clase política en su conjunto.

Si a ese contexto le añadimos el impacto de ser la nación más descentralizada y descontrolada de Europa, resulta lógico que los ciudadanos den una valoración muy mala a nuestra clase política. Parece que en lugar de cuarenta años de democracia lo que hemos vivido sean cuarenta años de descontrol y fraccionamiento.

Hay que dar marcha atrás, hay que recuperar la visión de Patria común de todos los españoles, hay que poner el énfasis en el olvidado preámbulo constitucional, en especial donde se dice que “La Nación española, deseando establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran, en uso de su soberanía, proclama su voluntad de garantizar la convivencia democrática dentro de la Constitución y de las leyes conforme a un orden económico y social justo

Las aberraciones que la clase política ha permitido son increíbles ¿Cómo es posible que no nos podamos desplazar a trabajar a Cataluña porque nuestros hijos no podrían estudiar en la lengua común española? ¿Cómo es posible que cuando se entra en España, desde Francia por el País Vasco, no veamos en ningún lugar la bandera española? ¿Cómo puede haber embajadas anti españolas en los principales países del mundo, pagadas con dinero público? ¿Cómo es posible que se haya frenado el Plan Hidrológico que inició Aznar para traer el agua que el Ebro arroja al mar Mediterráneo, a las provincias de Alicante, Murcia y Valencia? ¿Cómo es posible que no se hayan unificado los planes de educación? Una cosa es que se añadan aspectos propios de la provincia o Autonomía y otra cosa es renunciar a una visión histórica y geográfica común. ¿Acaso no nos hemos dado cuenta de la politización y falta de independencia del Poder Judicial y de la excesiva integración del Legislativo y el Ejecutivo? ¿Cómo es posible que el espíritu de Reconciliación de la Transición se haya pervertido pretendiendo sostener que el lado franquista era terrible y que el lado republicano (checas y paseíllos incluidos) fue un modelo de respeto a la ley y a los derechos humanos? ¿Acaso no hemos visto a donde llevó el padrecito Stalin a las naciones de Europa del Este? ¿Acaso hubiéramos preferido eso a Franco? ¿Por qué no somos capaces de ver lo esencial, lo que nos une desde el pasado y pensar en el futuro? ¿Cómo es posible que nuestros políticos en general tengan tan poca visión de Estado o que no quieran pronunciarse al respecto cuando se les pregunta? ¿Por qué no son capaces de reconocer que hemos ido en mala dirección y que hay que desandar el camino andado para que los españoles de todo el territorio nos sintamos hermanos?

España puede tener un gran papel para la concordia internacional, si sabe mostrar que es capaz de ponerla en práctica en su propio territorio. Hay que hacer cambios en el sistema, el gobierno de España no puede quedarse en dar buena imagen sobre la pandemia. Hay que dar una visión de Estado constructiva en lugar de una mera imagen de querer el poder a cualquier precio. Hay que consultar al pueblo español en los grandes temas.

No cabe pretender eliminar a la clase política pero sí convendría reflexionar sobre cómo hacer más independiente al Legislativo del Ejecutivo que es el que hace las listas. También convendría valorar si no sería mejor un Ejecutivo elegido directamente por el pueblo en todos los niveles, para separarlo del Legislativo. Pero lo más importante es que cuando votemos en las diferentes elecciones del próximo año tengamos en cuenta a los partidos que manifiesten visión de Estado. Asimismo, sería conveniente valorar a aquellos políticos que van un poco por libre dentro de sus partidos. Son ellos los que, a veces, pueden aportar savia nueva en tanto no se revisa el sistema global político-administrativo. Y desde luego si nos llaman para una encuesta de opinión tengamos claros los cambios que introduciríamos en la política, si estuviera en nuestra mano.

 

Enrique Miguel Sánchez Motos

Administrador Civil del Estado. Autor del libro “Historia del Comunismo. De Marx a Gorbachov, el camino rojo del Marxismo”

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